Solo pensaba en huir de las amenazas. Tampoco tenían trabajo ninguno de los dos y vivían en la casa de la suegra con sus niños

Desesperanza, impotencia y temor fue lo que sintió “Temi” el día en el que comprendió que tenía que buscar una salida a su situación familiar. Su esposo estuvo preso en la cárcel de un pueblo pobre de la región Sur de República Dominicana por una defensa personal y luego de salir de la penitenciaría solo recibía amenazas de muerte contra él y su familia del agresor porque este se sintió perdido en ese pleito.

Un día de octubre de 2022 ella se levantó y con celular en mano entró a las redes sociales. En TikTok encontró una joven que invitaba a hacer el viaje hacia Estados Unidos desde Colombia. Se hicieron amigas y entró al grupo que había formado su nueva amiga con un total de 13 dominicanos que luego salieron con destino a Bogotá, Colombia

Solo pensaba en huir de las amenazas. Tampoco tenían trabajo ninguno de los dos y vivían en la casa de la suegra con sus niños. Armaron maletas y se enrumbaron en un viaje que hoy ella dice que no le recomienda a nadie que lo haga, ni solo ni acompañado, y menos con la familia.

Su esposo tiene cáncer y su hijo de 9 meses también. ¿Cómo lo adquirió?, se piensa que fue en una fábrica de detergentes  donde trabajaba y se usaban muchos químicos. Estuvo en internamiento y fue operado, pero al regreso al trabajo de la licencia por enfermedad fue despedido.

Ella dice que decidió hacer “esa vuelta”, como se le ha bautizado a la travesía por aviones, ríos y montes desde países latinos hacia Estados Unidos en busca del afamado “sueño americano” que, no es tal sueño, porque allí la realidad es cruda con el cambio de temperatura, la deshumanización de mucha gente, la diferencia de idioma y las dificultades para conseguir empleo y casa de forma rápida.

“Me fui por un mejor futuro y mejor educación para ellos y por los problemas que enfrentaba mi esposo”, juró.

¿Qué si sintió miedo?, ella asegura que sí, miedo a ser secuestrada o violada, pero también tenía miedo del agresor que estando ella embarazada le dijo que “le sacaría el hijo por la boca” en la lejana comunidad sureña de República Dominicana, donde vivía.

Viajaron por Costa Rica, Chile y otros países. El 19 de noviembre se fueron a El Salvador, no podían antes por miedo a que “la migra” estaba muy pendiente de los inmigrantes que cruzaban la frontera de México y Estados Unidos. Estuvieron viviendo en El Salvador hasta que encontraron “un coyote” recomendado. Salieron el 21 de noviembre acompañados de un hombre cojo de una pierna a las 2 de la madrugada, caminando por las montañas y con “cangureras” para cargar a los niños, dos varones de cuatro años y de nueve meses, respectivamente.

Cansada de caminar solo vociferaba “déjenme botada… no puedo más, sigan ustedes caminando”, pero el esposo y otros la ayudaron hasta cruzar un río que divide a El Salvador  con Guatemala, donde llegaron cansados, con hambre y sed al pueblito de Espícula, de Guatemala.

Tras dos días rodando en un autobús fueron asaltados y les quitaron las carteras a las mujeres. Eran hombres vestidos de policías de Guatemala, cuenta “Temi”.

Llegaron a un pequeño hotel y tomaron otro bus para llegar a Tecun, una ciudad guatemalteca que hace frontera con México.

Con miedo, hambre y desolación… unos a otros se daban esperanza de llegar a destino: “el sueño americano”. Mientras tanto tuvieron que pagar cada uno US$150 para que los pasaran a Tapachula en una “balsa”, que era una enorme  base de tablas de madera con gomas viejas de fondo que también les decían que las podían usar como salvavidas si se presentaba alguna dificultad en la travesía. La tabla era remada por hombres con grandes varas.

Ya en Tapachula, donde entraron por los montes les llevaron a un lugar donde un taxista los llevó al centro. Ahí duraron dos días más.

“Los coyotes”

El grupo contactó a “un coyote”. Es el hombre que hace las conexiones por paga y moviliza a los inmigrantes en los puntos donde transitan. Este hombre los llevó a San Pedro, Oaxaca, México, por US$150 cada uno. Duraron seis horas en la caja (parte trasera) de una patana. Habían mujeres embarazadas, niños y hasta un recién nacido. Otro cruce de río hicieron allí. Había miles de gente esperando. Eran chequeados en una lista para obtener el permiso de entrada. Compraron tickets para ir en autobús, a una agencia, y ahí pagaron $3,500 pesos mexicanos, en total $7,000 porque a los niños solo les cobran si pasan de cinco años.

Dos días más de camino hasta Juárez. En el trayecto, en Lerdo, Durango, el bus fue detenido por hombres vestidos de policías mexicanos. Uno pidió, con mochila en mano, que echaran todas las pertenencias allí y que bajara una sola persona a tierra, al que pidieron 5,000 pesos por cabeza para dejar los ir.

Ya rodando llegan al restaurante de desayuno, a la salida de la comunidad de Lerdo, fueron interceptados por dos guaguas tipos “Van”. Los desmontan a todos. Había cubanos, nicaragüenses, dominicanos y dos venezolanos y los reunieron con otros. Tres escaparon, pero fueron entregados otra vez a ellos por hombres vestidos de policías. Uno “desapareció”.

Habían allí 800 personas. Al día siguiente llegaron más en otro bus. Llegaron los compañeros que se habían quedado atrás, entre ellos dos dominicanas con un niño de ocho meses y dos venezolanos.

Una mujer a punto de parir andaba ya sin el crío, Lo había perdido en México.

En el grupo, los secuestradores los colocaban en una mesa y allí ponían a cuatro mujeres y dos hombres a los que por turno los obligaban a llamar a sus familias en sus países de origen para extorsionarlas. Había que transferir el monto que pidieran.

“Temi” vivió el infierno que temía: el secuestro. Siete días duró ahí con un pequeño plato con frijol con huevo y una tortilla por día, como alimento. Casi no nunca había agua.

A veces, pan con agua les daban.

Los niños se desnutrían y lloraban. Uno de los secuestradores nada más y nada menos que del cartel de Sinaloa, según escuchaban, le dio pena y le regaló una lata grande leche Nido para los dos niños.

Al séptimo día del secuestro se aparecieron con dos botellones de agua con sal, pero estaba contaminada. Muchos enfermaron. Eran muchos autobuses y 800 personas en secuestro.

El día ocho del secuestro fueron rescatados por el ejército  y escoltados hasta la frontera de Ciudad Juárez con 23 autobuses escolares. En Chihuahua recibieron ayudas de la gente común.

Durante el trayecto habían soltado a una religiosa quien dio la voz de alarma en Estados Unidos. Eso, según dice “Temi”, dio lugar para que los llevaran a todos a la frontera en bus y cruzaran el río Bravo y se entregaran a las autoridades estadounidense donde les permitieron un baño de seis minutos y le pusieron un zafacón para que botaran todo, menos dinero, teléfonos y las prendas de vestir.

El siguiente paso fue subirlos a un avión a la cárcel de Reynosa, en la frontera con Texas. Les hicieron pruebas de Covid-19. Unos fueron enviados a un refugio y los enfermos a un hotel por tres días hasta que la familia en Estados Unidos se haga responsable.

La travesía infernal duró casi un mes. Planearon el viaje en Bogotá. Fueron atracados en San Pedro y retenidos hasta que pagaran $350 cada uno; luego US$280 cada uno que hicieron US$560 enviados por la madre dominicana por medio de transferencia bancaria.

Desde Reynoso, Tamaulipas, México, ya sabían que cruzarían a Texas. Lo que no sabía ella era que el niño de nueve meses estaba infectado con Covid-19 y ella también, aunque el esposo y el otro niño estaban sin el virus.

Una llamada a República Dominicana, otra a Estados Unidos y varias gestiones vinieron entonces para reunir el pago de un viaje de la familia en bus, al cuarto día, al dejar el hotel en McAllen… la estación 42 de New York y una ruta de 24 horas por autobús, porque ella entendió era más barato que por avión por las festividades de Navidad y así recorrió varios estados hasta llegar a su destino al 1 de noviembre.

Y ahora solo quedan recuerdos y frustración… El niño de cuatro años se despierta de noche gritando. Los secuestradores sacaban las pistolas delante de los niños y pusieron a hombres a cavar una fosa. Decían entre ellos que ante un error los sepultarían ahí a todos. Los dos niños están superando la deshidratación y malnutrición y el internamiento por emergencia en dos ocasiones por la neumonía que le acarreó esa travesía al más pequeño.

A una de las compañeras, que se quedó detrás en la travesía, la violaron.

No están trabajando aún, pero tienen promesas de trabajo y están dispuestos a hacerlo “en lo que sea de forma legal”, pues son gente decente que por asunto humanitario y falta de oportunidades y desesperanza se fueron de esa forma.

“A veces quiero volver a mi país, pero después de pasar tanto… volver sin lograr nada”, refiere al enfatizar que “no recomiendo a nadie que se vaya por ese infierno”.

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