Las cuevas Virgen, del Huevo y de los Indios: un recorrido entre agua, rocas e historia
La Cueva del Huevo, con su agua cristalina y formaciones rocosas, atrae a visitantes en busca de belleza natural y aventura
La Cueva de Los Indios, un espacio que combina historia y naturaleza, se convierte en un refugio para quienes buscan escapar del bullicio urbano
Eran las 8:50 de la maƱana cuando salimos de la redacción de Diario Libre rumbo a un lugar del que casi todo el paĆs comenzó a hablar despuĆ©s de una tragedia.
Cuarenta y cinco minutos despuĆ©s, el paisaje era otro. El ruido del trĆ”nsito habĆa quedado atrĆ”s y el asfalto dio paso a un camino de tierra bordeado por Ć”rboles. El canto de las aves reemplazó las bocinas y el aire se sentĆa distinto, mĆ”s fresco, mĆ”s limpio. Cuesta creer que un lugar asĆ exista a tan poca distancia del Distrito Nacional.
Los sectores Rayo de Luz y Nuevo Amanecer de Las AmĆ©ricas, en el municipio Santo Domingo Este, esconde uno de los tesoros naturales menos conocidos del Gran Santo Domingo: un conjunto de cuevas de aguas cristalinas formadas hace miles de aƱos en un sistema kĆ”rstico, un relieve creado por la acción del agua sobre rocas calizas que, con el paso del tiempo, da origen a cuevas, rĆos subterrĆ”neos y otras cavidades naturales.
Hasta hace unos dĆas, pocos conocĆan sus nombres. La muerte del actor dominicano Stuart Ortiz, ocurrida mientras exploraba una de estas cuevas, despertó la curiosidad de cientos de personas y puso esta atracción en el mapa.
Un equipo de Diario Libre hizo un recorrido por las tres principales cuevas del lugar acompaƱados por dos guardabosques del Ministerio de Medio Ambiente. Aunque hablaron con absoluta disposición y respondieron todas nuestras preguntas, pidieron mantener sus nombres en el anonimato. Prefieren que el protagonismo sea de la naturaleza que protegen todos los dĆas.
Cueva Virgen: la cueva donde el silencio impone respeto
La primera parada fue la Cueva Virgen. En el sector Rayo de Luz.
Para ser honesta, nunca habĆa escuchado hablar de este lugar ni habĆa visto fotografĆas o videos antes de llegar, pero sĆ© que ninguna imagen lograrĆa transmitirme lo que se siente al quedar frente a su entrada.
No es una cueva que invite a pasar. Hay que tener mucho valor para querer adentrase a ella. La abertura es angosta y oscura. Las enormes paredes de roca parecen cerrarse sobre quien intenta entrar. Escasamente pasan los rayos del sol.
Apenas me acerquĆ©, sentĆ que el ambiente cambiaba. El aire era mĆ”s fresco y el silencio parecĆa pesar sobre las piedras.
No sé si fue por el recuerdo reciente de la muerte de Stuart Ortiz o por la imponencia del lugar, pero confieso que se me enfrió el alma.
Mientras observaba aquella entrada no podĆa dejar de hacerme una pregunta: ĀæquĆ© lleva a una persona a desafiar el peligro y adentrarse en un lugar como este?
QuerĆa ver el agua con claridad. IntentĆ© acercarme un poco mĆ”s, pero para hacerlo debĆa colocarme prĆ”cticamente al borde de la roca. Bastaba un pequeƱĆsimo resbalón para terminar en el fondo oscuro y tenebroso de la cueva.
Mi espĆritu periodĆstico me pedĆa avanzar. Pero el temor me dijo que no. Y, por primera vez en mucho tiempo durante una cobertura, el miedo ganó.
PreferĆ quedarme a una distancia prudente. No valĆa la pena correr un riesgo innecesario solo para obtener una mejor vista.
Esa sensación volvió pocos minutos despuĆ©s cuando vi a mi compaƱero, el fotógrafo de Diario Libre Joliver Brito, acercarse mucho mĆ”s que yo al borde para conseguir las imĆ”genes de la cueva. Mientras Ć©l buscaba el mejor Ć”ngulo, yo no podĆa evitar pensar que un paso en falso podĆa cambiarlo todo.
A pocos metros de nosotros comenzaron a llegar varias personas.
No llevaban mochilas de excursionismo ni trajes de baƱo. Solo querĆan conocer el lugar donde murió Stuart Ortiz. Los guardabosques nos explicaron que esa escena se ha repetido desde el fatĆdico accidente.
También revelaron un detalle que ayuda a comprender lo ocurrido. Cada vez que alguien intenta entrar a la Cueva Virgen, ellos le advierten que el acceso no estÔ permitido y los orientan hacia otra cueva ubicada apenas a dos minutos de distancia, donde sà estÔ permitido bañarse.
“Siempre les decimos que no entren”, comentó uno de ellos.
SegĆŗn explicó, esa misma advertencia fue hecha al grupo que acompaƱaba al actor. “Se les dijo que no entraran, pero ellos, atentos a ellos, se metieron”.
En sus palabras no habĆa reproches. Solo la resignación de quien sabe que la naturaleza no suele perdonar la imprudencia.
Cueva del Huevo: el agua que desaparece ante la vista
Bastaron apenas dos minutos de caminata para que el paisaje cambiara por completo. Si la Cueva Virgen impone respeto, la Cueva del Huevo enamora desde el primer vistazo.
La luz que entra por una abertura natural ilumina una piscina de un intenso color azul turquesa, rodeada por paredes de roca caliza moldeadas durante miles de aƱos. Todo parece una postal.
El verdadero espectĆ”culo, sin embargo, no estĆ” en el color. EstĆ” en el agua. Me acerquĆ© al borde para observarla convencida de que todavĆa estaba pisando las rocas. Di un paso y de repente me sorprendió la corriente cubriĆ©ndome los pies.
Su transparencia es tan extraordinaria que el fondo puede observarse con impresionante nitidez. El agua prƔcticamente desaparece ante los ojos, se pierde la referencia de la profundidad y por unos segundos parece que solo existe la roca.
JamĆ”s habĆa visto algo igual. AllĆ entendĆ por quĆ© tantas personas llegan hasta este rincón de Santo Domingo Este para conocerla.
Era muy temprano aĆŗn, solo habĆa llegado un joven a baƱarse y se le observaba disfrutar de aquella agua. A decir verdad, de solo verla dan ganas de darse un chapuzón.
En medio de la cueva sobresale una estalacmita, una columna de roca que crece lentamente desde el suelo por el goteo constante de agua cargada de minerales durante miles de aƱos.
Su forma llama inmediatamente la atención. Fue precisamente esa peculiar silueta la que dio origen al nombre con el que los comunitarios bautizaron originalmente el lugar, en alusión al órgano sexual masculino. Con el paso del tiempo, la denominación terminó suavizĆ”ndose hasta convertirse en la actual Cueva del Huevo. SĆ, con H, porque si la decimos con G serĆa una palabra obscena dominicanamente hablando.
Pero esa formación no es el Ćŗnico tesoro que guarda el lugar. En algunas de sus paredes todavĆa se conservan pictografĆas rupestres, dibujos realizados sobre la roca por los que habitaron la isla antes de su descubrimiento. Aunque el paso del tiempo ha borrado parte de sus trazos, estas manifestaciones siguen siendo un valioso testimonio del pasado prehispĆ”nico de la zona.
Resulta inevitable quedarse varios minutos contemplando el agua. Su quietud transmite paz. Su transparencia engaña. Y quizÔs esa sea la mayor lección que deja el lugar: la belleza también puede ocultar riesgos.
El camino hacia la Cueva de Los Indios
La última parada fue la Cueva de Los Indios. Para llegar hubo que ir en la camioneta y luego caminar algunos 10 minutos mÔs que lo que implica llegar a las otras dos cuevas. El sendero atraviesa Ôrboles, piedras y un terreno irregular que obliga a mirar constantemente dónde se pisa.
La bajada fue relativamente sencilla. Pero la subida, es fue otra historia: “SudĆ© la gota gorda”.
La entrada de la cueva impresiona por su inmensidad. Frente a ella, una persona parece diminuta.
Las enormes paredes de roca caliza, esculpidas lentamente por el agua durante miles de aƱos, recuerdan la nave principal de una catedral. Del techo cuelgan estalactitas, formaciones minerales creadas por el goteo constante de agua rica en calcio, mientras enormes bloques de piedra descansan sobre el suelo como si siempre hubieran estado allĆ.
Antes incluso de observar el agua, percibĆ otro detalle: el olor a tierra hĆŗmeda, mezclado con el canto de los pajaritos que se magnificaba por el eco de las rocas, como si la naturaleza hablara bajito desde adentro de la cueva.
PensĆ© para mis adentros: “Dios, tĆŗ sĆ eres maravilloso.” Incluso al llegar vociferĆ©: ĀæQuiĆ©n vive? a lo lejos escuchĆ© que alguien respondió: “Cristo“. Pues procedĆ a decir la otra frase: Āæy a su nombre? tambiĆ©n recibĆ respuesta: “Gloria“.
Me fui acercando y se escuchaban conversaciones casi imperceptibles. Tres adolescentes se veĆan al fondo, nadando cual pez en el agua. Desde arriba se observaban diminutos. Los guardabosques habĆan explicado antes, con paciencia, que no podĆan acercarse a la Cueva Virgen y les recomendaron baƱarse en las otras que sĆ estĆ”n habilitadas.
TambiĆ©n habĆa dos mujeres acompaƱadas de un niƱo pequeƱo. Conversaban mientras disfrutaban del agua.
No habĆa mĆŗsica. No habĆa basura. No habĆa desorden. Solo el sonido de las conversaciones mezclĆ”ndose con el eco de la cueva y el murmullo constante de la naturaleza.
Me hubiera gustado bajar hasta el agua, pero mis zapatos seguĆan empapados despuĆ©s de la visita a la Cueva del Huevo. Las rocas estaban hĆŗmedas y preferĆ no arriesgarme a una caĆda innecesaria.
Mientras permanecĆamos allĆ llegaron dos guardabosques mĆ”s, esta vez mujeres.
Su trabajo consiste en recorrer diariamente estas cuevas para orientar a los visitantes, impedir que dejen basura, evitar que personas desaprensivas aprovechen el aislamiento del lugar para cometer delitos y prevenir el consumo de sustancias ilĆcitas.
Su presencia es discreta. Casi silenciosa. Pero resulta esencial para conservar un espacio que, pese a su creciente popularidad, aĆŗn mantiene la tranquilidad que lo caracteriza.
Mucho mƔs que el escenario de una tragedia
La muerte de Stuart Ortiz hizo que miles de dominicanos escucharan por primera vez los nombres de estas cuevas. Sin embargo, reducirlas a ese episodio serĆa quedarse apenas con una parte de la historia.
Las cuevas de Rayo de Luz y Nuevo Amanecer de Las AmĆ©ricas representan uno de los patrimonios naturales mĆ”s sorprendentes del Gran Santo Domingo. Son un refugio para quienes buscan alejarse del ruido de la ciudad, un laboratorio natural donde puede observarse cómo el agua ha moldeado la roca durante miles de aƱos y un espacio que todavĆa conserva huellas de los primeros habitantes de la isla.
Cuando abandonÔbamos el lugar entendà que los guardabosques no solo custodian tres cuevas. Protegen un lugar donde el tiempo parece haberse detenido y donde el mayor acto de admiración hacia la naturaleza consiste, sencillamente, en respetarla.

